Pues bien, el punto es que no puedo dejar de sentir algo tan extraño en el pecho que me gusta y me incomoda al mismo tiempo. Y la brisa de este tipo de noches, me arrastra suavemente a esa época en que puedo sentir a la perfección el aroma del viento que acaricia mi rostro mientras camino de regreso a casa. Quizás nunca me había sentido tan triste y feliz a la vez y, quizás sea, precisamente esta mezcla, la que ha hecho que se grabara con sangre en mi memoria olfativa. Porque, a pesar de sentirme acongojada, el calor del sol sobre mi piel, el sonido del viento meciendo las hojas de los árboles que ya habían florecido y la profunda sensación de sentirme viva, crearon en mí un resquicio del que nunca más pude huir... una eterna maldición. La pregunta que viene a continuación probablemente será “¿por qué maldición?” Pues la respuesta no deja de ser tan compleja como la situación misma. La desesperación que me posee cuando me doy cuenta de que aquel pasado lejano y cálido que toca mi mejilla, que pareciera estar allí esperando que lo alcance con las yemas de mis dedos, no es más que un espejismo que no puede ser recuperado, de que cualquier esfuerzo es vano y que aquellos momentos se han ido para nunca regresar; inunda cada célula de mi cuerpo. Porque, quizás nunca me sentí tan viva, libre, tranquila e imposiblemente triste como en aquella época y porque luego de eso mi alma se vio atada a la cadena de consecuencias que aquella maldición trajo consigo. Porque luego me acosaba ese aroma en cualquier lugar donde me encontrara, el recuerdo amargo de que siempre sería propiedad de una abrumadora soledad, de que mis pensamientos y mis sentimientos no dejarían nunca de ser suyos, de que mi esencia no podría arrancar a su basto dominio. Y de que no importa cuánto tiempo pasare, siempre volverían aquellas sensaciones que no puedo describir, que parecieran cortarme el aliento, que parecieran recorrer mis venas, que parecieran devolverme la vida so pena de entregarle hasta la última ilusión que haya en mi alma, con tal de garantizar que nunca pueda superarla.
Un poco de mí para el mundo... Todo lo que veas en este blog es 100% mi propia creación :) Estas obras son de mi autoría, están protegida por Derechos de Autor, su reproducción total o parcial, cualquiera sea el medio y sin autorización previa por escrito de mi parte, es penada por ley. © Nuzeilette Zarges Díaz, 2008 -2014.
lunes, 2 de noviembre de 2015
Recuerdo Estival
Pues bien, el punto es que no puedo dejar de sentir algo tan extraño en el pecho que me gusta y me incomoda al mismo tiempo. Y la brisa de este tipo de noches, me arrastra suavemente a esa época en que puedo sentir a la perfección el aroma del viento que acaricia mi rostro mientras camino de regreso a casa. Quizás nunca me había sentido tan triste y feliz a la vez y, quizás sea, precisamente esta mezcla, la que ha hecho que se grabara con sangre en mi memoria olfativa. Porque, a pesar de sentirme acongojada, el calor del sol sobre mi piel, el sonido del viento meciendo las hojas de los árboles que ya habían florecido y la profunda sensación de sentirme viva, crearon en mí un resquicio del que nunca más pude huir... una eterna maldición. La pregunta que viene a continuación probablemente será “¿por qué maldición?” Pues la respuesta no deja de ser tan compleja como la situación misma. La desesperación que me posee cuando me doy cuenta de que aquel pasado lejano y cálido que toca mi mejilla, que pareciera estar allí esperando que lo alcance con las yemas de mis dedos, no es más que un espejismo que no puede ser recuperado, de que cualquier esfuerzo es vano y que aquellos momentos se han ido para nunca regresar; inunda cada célula de mi cuerpo. Porque, quizás nunca me sentí tan viva, libre, tranquila e imposiblemente triste como en aquella época y porque luego de eso mi alma se vio atada a la cadena de consecuencias que aquella maldición trajo consigo. Porque luego me acosaba ese aroma en cualquier lugar donde me encontrara, el recuerdo amargo de que siempre sería propiedad de una abrumadora soledad, de que mis pensamientos y mis sentimientos no dejarían nunca de ser suyos, de que mi esencia no podría arrancar a su basto dominio. Y de que no importa cuánto tiempo pasare, siempre volverían aquellas sensaciones que no puedo describir, que parecieran cortarme el aliento, que parecieran recorrer mis venas, que parecieran devolverme la vida so pena de entregarle hasta la última ilusión que haya en mi alma, con tal de garantizar que nunca pueda superarla.
jueves, 15 de octubre de 2015
¿Y si esto fuese así, un eterno
diálogo mecido por el vaivén que inspira tu esencia, cuales olas que parecieran
conquistar con ímpetu la arena que acarician, retirándose de ella temerosa de
ser aprisionada? ¿Quién no ha sido seducido por el suave ir y venir del péndulo
de un reloj? Como si esperáramos que nos dijera algo que sólo uno puede
comprender, perdiendo nuestra voluntad frente a sus decididos pasos, al ritmo
de la música que produce el desplazamiento de sus manecillas cada segundo,
cada minuto, cada hora; todo en perfecta armonía.
¿Qué pensarías si dijera que se
puede ver más allá de esos ojos cristalinos?... ¿A qué le puede temer el hombre
cuando han sido descubiertas sus verdaderas emociones? ¿A la desnudez del alma,
al corazón vacío, al temor a verse despojado de las corazas que le ocultan de
la realidad, al inevitable flagelo de ser incapaz de reconocerse a sí mismo?
¿Y si no pudiese evitar ver cómo
regresas a la playa cada vez, con el valor de un nuevo desafío, perdiendo la
batalla, replegándote nuevamente en las gélidas aguas de la inconstancia? ¿Cómo
notarías la presencia de un mero espectador de la vida, de alguien que se
mantiene lejos de los gránulos de arena que logras conquistar, pero lo
suficientemente cerca para temerle a que le llegases a alcanzar? ¿Y qué si el
murmullo que produces es tan suave que no lo quiero dejar de escuchar?
¿Volverías a la arena si me vieras sentada observándote o dejarías aquella
cíclica batalla para nunca regresar?