¿Y si esto fuese así, un eterno
diálogo mecido por el vaivén que inspira tu esencia, cuales olas que parecieran
conquistar con ímpetu la arena que acarician, retirándose de ella temerosa de
ser aprisionada? ¿Quién no ha sido seducido por el suave ir y venir del péndulo
de un reloj? Como si esperáramos que nos dijera algo que sólo uno puede
comprender, perdiendo nuestra voluntad frente a sus decididos pasos, al ritmo
de la música que produce el desplazamiento de sus manecillas cada segundo,
cada minuto, cada hora; todo en perfecta armonía.
¿Qué pensarías si dijera que se
puede ver más allá de esos ojos cristalinos?... ¿A qué le puede temer el hombre
cuando han sido descubiertas sus verdaderas emociones? ¿A la desnudez del alma,
al corazón vacío, al temor a verse despojado de las corazas que le ocultan de
la realidad, al inevitable flagelo de ser incapaz de reconocerse a sí mismo?
¿Y si no pudiese evitar ver cómo
regresas a la playa cada vez, con el valor de un nuevo desafío, perdiendo la
batalla, replegándote nuevamente en las gélidas aguas de la inconstancia? ¿Cómo
notarías la presencia de un mero espectador de la vida, de alguien que se
mantiene lejos de los gránulos de arena que logras conquistar, pero lo
suficientemente cerca para temerle a que le llegases a alcanzar? ¿Y qué si el
murmullo que produces es tan suave que no lo quiero dejar de escuchar?
¿Volverías a la arena si me vieras sentada observándote o dejarías aquella
cíclica batalla para nunca regresar?